8 de setembro de 2014

"Gestionar los ilegalismos", entrevista com Michel Foucault


Entrevista com Roger-Pol Droit, gravada em janeiro de 1975. Retirado de: Entrevistas con Michel Foucault. Buenos Aires: Paidos, 2008, p. 47-57.

DE LAS TORTURAS A LAS CELDAS
Se torturaba con eficacia, siguiendo un preciso código de los tormentos. Se marcaba, amputaba y dislocaba los cuerpos. De la hoguera a la horca, de la picota al patíbulo, el sufrimiento físico se escenificaba con un fasto ejemplar, para que nadie lo ignorase… Ello terminó, de forma bastante brusca, en la segunda mitad del siglo XVIII.
El ruido monótono de las cerraduras y la sombra de las celdas tomaron el relevo del gran ceremonial de la carne y la sangre. Ya no se exhibirá el cuerpo del condenado: será ocultado; ya no se querrá herirlo, sino enderezarlo. Es el «alma» lo que se reeduca.
El cambio se produjo en menos de un siglo, en el conjunto de la cultura occidental. La Edad Media no desconoció los calabozos ni las prisiones, es cierto, pero permaneció ajena al rígido sistema de detención reglamentada y minuciosa, instaurada entre 1780 y 1830, tiempo en que Europa y el Nuevo Mundo se llenaron de penitenciarías… Fue Michel Foucault quien dio cuenta del sentido y el alcance de este «nacimiento de la prisión».
¿Basta decir, con los «reformadores» del siglo XVIII, qué la «humanización» y los «progresos del género humano» explican y justifican el cambio del sistema punitivo? Detrás de las coartadas de los ideólogos, Foucault puso al desnudo el complejo juego de los poderes.
El estrépito de las torturas y el silencio de la reclusión no se oponen como dos elementos aislados o dos fenómenos superficiales, sino que indican el paso de una justicia a otra, un cambio profundo en la organización del poder. Bajo la monarquía absoluta, el criminal desafía el poder del rey, y dicho poder lo aplasta recordando a todos su fuerza infinita. Para los teóricos de la Ilustración, el hombre que comete un crimen rompe el contrato que lo liga a sus semejantes; entonces, la sociedad lo aparta y lo enmienda, regulando con precisión cada acto, cada gesto y cada momento de la vida carcelaria.
La prisión es una reglamentación conveniente del espacio: la mirada del vigilante puede y debe verlo todo. Una reglamentación del tiempo, cuyo empleo está fijado hora a hora. Y una reglamentación de los gestos, las actitudes y los menores movimientos del cuerpo.
Esta disciplina no fue inventada por la prisión, pero Foucault muestra, con profusión de referencias y documentos, cómo, durante la época clásica, se refinaron, unificaron y sistematizaron las técnicas de adiestramiento del cuerpo. Ya existían, dispersas y aisladas, pero no formaban esa red de procedimientos perfeccionados que, desde la escuela al ejército, se dispuso a controlar el cuerpo y sus fuerzas.
La prisión no es, pues, única: simplemente ocupa su lugar en el conjunto de la sociedad disciplinaria, esta sociedad de vigilancia generalizada que todavía es la nuestra. «¿Puede extrañar —escribe Foucault— que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, todos los cuales se asemejan a las prisiones?»
Para captar su organización común, esbozó en este libro una «anatomía política», un «microanálisis» del dominio del poder sobre los cuerpos. ¿Cómo se organiza, en la prisión y fuera de ella, el juego de los poderes? Esto es lo que precisa, entre otras cosas, esta entrevista.
—La prisión, en su función y bajo su forma contemporánea, puede parecer una invención repentina y aislada, sobrevenida a finales del siglo XIX. Usted muestra, por el contrario, que su nacimiento debe situarse en un cambio más profundo. ¿Cuál?
M.F.: Al leer a los grandes historiadores de la época clásica, se constata que la monarquía administrativa, tan centralizada y burocratizada como se la imagina, era, sin embargo, un poder irregular y discontinuo, y dejaba a los individuos y a los grupos una cierta libertad para sortear la ley, acomodarse a las costumbres, escaparse de las obligaciones, etcétera. El Antiguo Régimen arrastraba consigo centenares o incluso millares de disposiciones jamás aplicadas, derechos que nadie ejercía y normas eludidas por multitud de personas. Por ejemplo, el fraude fiscal, la más tradicional, y también el contrabando, la más manifiesta, formaban parte de la vida económica del reino. En resumen, entre la legalidad y la ilegalidad se producía una transacción constante, que en aquella época era una de las condiciones del funcionamiento del poder.
En la segunda mitad del siglo XVIII, este sistema de tolerancia sufrió un cambio. Las nuevas exigencias económicas y el miedo político a los movimientos populares, que llegó a obsesionar en Francia tras la Revolución, requirieron otra división de la sociedad. Se tuvo que afinar y estrechar el ejercicio del poder y fue necesario crear una red lo más continua posible desde la decisión centralizada hasta el individuo. Apareció entonces la policía, la jerarquía administrativa, la pirámide burocrática del Estado napoleónico.
Ya mucho antes de 1789, juristas y «reformadores» habían soñado una sociedad uniformemente punitiva, en la que los castigos serían inevitables, necesarios e iguales, sin excepción ni escapatoria posibles. De golpe, esos grandes rituales del castigo que eran las torturas, destinadas a provocar efectos de terror y de ejemplo, pero de las que se salvaban muchos culpables, desaparecían ante la exigencia de una universalidad punitiva concretada en el sistema penitenciario.
—Pero, ¿por qué la prisión y no otro sistema? ¿Cuál es la función social del encierro, del enclaustramiento de los «culpables»?
M.F.: ¿De dónde viene la prisión? Yo respondería: «Un poco de todas partes». Sin duda ha habido «invención», pero invención de toda una técnica de vigilancia y de control, de identificación de los individuos y de clasificación de sus gestos, de su actividad y de su eficacia. Y esto, desde los siglos XVI y XVII, en el ejército, los colegios, las escuelas, los hospitales y los talleres. Una tecnología de poder fino y cotidiano, del poder sobre los cuerpos. La prisión es la última figura de esta edad de las disciplinas.
En cuanto a la función social del internamiento, hay que buscarla en torno a ese personaje que comienza a definirse en el siglo XIX, el delincuente. La constitución del medio delincuente es absolutamente correlativa a la existencia de la prisión. Se intentó constituir en el interior mismo de las masas populares un pequeño núcleo de personas que habrían de ser, si así puede decirse, los titulares privilegiados y exclusivos de los comportamientos ilegales. Gente rechazada, menospreciada y temida por todo el mundo.
En la época clásica, por el contrario, la violencia, el hurto y la pequeña estafa eran sumamente corrientes, y finalmente tolerados por todos. Según parece, el malhechor llegaba a fundirse muy bien con la sociedad. Y en caso de ser detenido, los procedimientos penales eran expeditivos: la muerte, las galeras de por vida, el destierro. El medio delincuente no tenía, pues, ese cierre sobre sí mismo que fue organizado esencialmente por la prisión, por esa especie de «maceración» en el interior del sistema carcelario, donde se forma una microsociedad, en la que las personas traban una solidaridad real que les permitirá encontrar, una vez fuera, apoyo en los demás.
La prisión es, pues, un instrumento de reclutamiento para el ejército de los delincuentes. Para esto sirve. Desde hace dos siglos se afirma: «La prisión fracasa, ya que fabrica delincuentes». Yo diría más bien: «Es un éxito, ya que esto es lo que se le pide».
—Se repite, sin embargo, que la prisión, al menos idealmente, «cuida» o «readapta» a los delincuentes. Es —o debería ser, se dice— más «terapéutica» que punitiva…
M.F.: La psicología y la psiquiatría criminales corren el riesgo de ser la gran coartada tras la cual se mantendrá, en el fondo, el mismo sistema. No pueden constituir una alternativa seria al régimen de la prisión, por la sencilla razón de que han nacido con él. La prisión que se instala inmediatamente después del código penal se hace pasar, desde el principio, por una empresa de corrección psicológica, un lugar médico-judicial. Se puede poner, pues, a todos los encarcelados en manos de los psicoterapeutas: esto no cambiará nada del sistema de poder y de vigilancia generalizada instaurado a comienzos del siglo XIX.
—Queda por saber qué «beneficio» obtiene la clase en el poder de la constitución de este ejército de delincuentes del que usted habla…
M.F.: Pues bien, esto le permite romper con la continuidad de los ilegalismos populares. Se dedica a aislar a un pequeño grupo de gente al que puede controlar, vigilar, conocer por completo, y que está expuesto a la hostilidad y la desconfianza de los círculos populares de los que ha salido: las víctimas de la pequeña delincuencia cotidiana siguen siendo los más pobres.
Y, a fin de cuentas, el resultado de esta operación produce un gigantesco beneficio económico y político. El primero, por las fabulosas sumas que reportan la prostitución, el tráfico de drogas, etcétera. El segundo procede del hecho de que cuantos más delincuentes haya, mejor acepta la población los controles policiales; sin contar el beneficio de una mano de obra asegurada para las tareas políticas más bajas: los encargados de pegar carteles, los agentes electorales, los saboteadores de huelgas… Desde el Segundo Imperio, los obreros sabían muy bien que los esquiroles que se les imponía, al igual que los hombres de los batallones antimotines de Luis Napoleón, salían de prisión…
—¿Todo lo que se trama y agita en torno a las «reformas» de la «humanización» de las prisiones seria, pues, un señuelo?
M.F.: Creo que la verdadera apuesta política no consiste en que los detenidos tengan una barra de chocolate el día de Navidad, o que puedan celebrar la Pascua. Se debe denunciar menos el carácter «humano» de la prisión que su real funcionamiento social, como elemento de constitución de un medio delincuente que las clases en el poder se esfuerzan en controlar. El verdadero problema es saber si el encierro de este medio sobre sí mismo podrá acabar, si seguirá, o no, separado de las masas populares. En otras palabras, el objeto de la lucha debe ser el funcionamiento del sistema penal y del aparato judicial en la sociedad, ya que son ellos los que gestionan los ilegalismos y los ponen en juego unos contra otros.
—¿Cómo definir la «gestión de los ilegalismos»? ¿Supone esta fórmula una concepción no habitual de la ley y de la sociedad, de sus relaciones?
M.F.: Sólo una ficción puede hacer creer que las leyes están hechas para ser respetadas, que la policía y los tribunales están destinados a hacerlas respetar. Sólo una ficción teórica puede hacer creer que nos adherimos de una vez por todas a las leyes de la sociedad a la que pertenecemos. Todo el mundo sabe también que las leyes están hechas por unos e impuestas a los otros.
Pero creo que se puede dar otro paso. La ilegalidad no es un accidente, una imperfección más o menos inevitable, sino un elemento absolutamente positivo del funcionamiento social, cuyo papel está previsto en la estrategia general de la sociedad. Todo dispositivo legislativo ha reservado espacios protegidos y provechosos en los que la ley pueda ser violada, otros donde puede ser ignorada, y finalmente otros donde las infracciones son sancionadas.
En el límite, yo diría que la ley no está hecha para impedir tal o cual tipo de comportamiento, sino para diferenciar las maneras de eludir la propia ley.
—¿Por ejemplo?
M.F.: Las leyes sobre la droga. Desde los acuerdos entre Estados Unidos y Turquía sobre las bases militares (vinculados por una parte a la autorización del cultivo de opio) hasta el distrito policial de Saint-André-des-Arts (Barrio Latino de París), el tráfico de drogas se despliega sobre una suerte de tablero, con casillas controladas y casillas libres, casillas prohibidas y casillas toleradas, casillas permitidas a unos y prohibidas a otros. Sólo los pequeños peones se colocan y mantienen en las casillas peligrosas. Las grandes ganancias tienen vía libre.
Vigilar y castigar, como sus obras anteriores, se basa en el examen atento de una cantidad considerable de archivos. ¿Existe un «método» Michel Foucault?
M.F.: Creo que en la actualidad los razonamientos de tipo freudiano gozan de tal prestigio que a menudo el objetivo que se plantean los análisis de textos históricos es la búsqueda de lo «no-dicho» del discurso, lo «rechazado» y lo «inconsciente» del sistema. Será mejor abandonar esta actitud y ser más modestos y más curiosos a la vez. Cuando se miran los documentos, sorprende el cinismo con que la burguesía del siglo XIX decía exactamente lo que hacía, lo que iba a hacer, y por qué. Para ella, poseedora del poder, el cinismo era una forma de orgullo. Y la burguesía, salvo a ojos de los ingenuos, no es en modo alguno tonta ni cobarde, sino inteligente y audaz. Y dijo perfectamente lo que quería.
Encontrar este discurso explícito, implica evidentemente abandonar el material universitario y escolar de los «grandes textos». No es en Hegel ni en Auguste Comte donde la burguesía habla de manera directa. Al lado de estos textos sacralizados, una estrategia absolutamente consciente, organizada y reflexionada se lee con claridad en una masa de documentos desconocidos que constituyen el discurso efectivo de una acción política. La lógica del inconsciente debe ser sustituida, pues, por una lógica de la estrategia, y la prioridad concedida en nuestros días al significante y a sus cadenas debe reemplazarse por las tácticas con sus correspondientes dispositivos.
—¿Para qué tipo de luchas pueden servir sus obras?
M.F.: Evidentemente, mi discurso es un discurso de intelectual, y como tal funciona en las redes del poder establecido. Pero un libro está escrito para servir a usos no definidos por quien lo ha escrito. Cuantos más usos nuevos, posibles e imprevistos, más feliz me sentiré.
Todos mis libros, tanto la Historia de la locura como cualquier otro, pretenden ser pequeñas cajas de herramientas. Si la gente quiere abrirlas y servirse de una frase, de una idea o de un análisis, como de un destornillador o una llave de tuercas, para cortocircuitar, descalificar, romper los sistemas de poder, incluidos, si se tercia, aquellos de los que mis libros han salido…, ¡pues bien, tanto mejor!